domingo, 18 de marzo de 2012

¿Cuál es el mejor método para hacer oración?

«Todo maestro, para formar a todos en una sola virtud, la de la caridad, debe llegar al corazón de los oyentes con una sola doctrina, es verdad, pero no con una misma exhortación.
Porque de un modo se debe exhortar a los hombres y de otro a las mujeres. De un modo a los jóvenes y de otro a los ancianos. De un modo a los pobres y de otro a los ricos. De un modo a los alegres y de otro a los tristes [...] De un modo a los que, por miedo al castigo, viven sin culpa, y de otro a los que de tal modo se han endurecido en la maldad, que ni con los castigos se corrigen [...] De un modo a los que ni apetecen lo ajeno ni dan de lo suyo, y de otro modo a los que dan lo suyo y, sin embargo, no dejan de apoderarse de lo ajeno [...] De un modo a los conocedores de los pecados de la carne y de otro a los que los ignoran. De un modo a los que lamentan los pecados de obra y de otro a los que lamentan los de pensamiento. De un modo a los que lloran los pecados cometidos, pero con todo, no los dejan, y de otro a los que los dejan, pero no los lloran. De un modo a los que obran y aplauden lo ilícito y de otro a los que motejan los delitos, pero no los impiden. De un modo a los que son vencidos por una concupiscencia repentina y de otro a los que deliberadamente se entregan a la culpa» (San Gregorio Magno, Regla Pastoral).
En el libro-entervista titulado “La sal de la tierra” que Peter Seewald escribe tras sus encuentros con el Cardenal Joseph Ratzinger, una de las preguntas que siempre me intrigó por su respuesta fue aquella de «¿Cuántos caminos existen para llegar a Dios?». El Cardenal Ratzinger responde de esta manera: «Tantos cuantos hombres hay sobre la tierra».

Con esto, el entonces Cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe no defiende un relativismo que deja abierto cualquier doctrina para vivir la fe, sino que, dentro de una doctrina clara y certera como es nuestra religión católica, hay muchos modos de vivirla; después de todo, cada ser humano sobre esta tierra es distinto del otro. Recuerdo mucho aquel ejemplo, ya clásico, del que ve un vaso medio vacío o un vaso medio lleno, dependiendo de si se es positivo o negativo… se ve de modo diverso, aunque la realidad sea la misma.
En la vida de oración, sucede algo parecido. Para dialogar con Dios, existen métodos, formas de hacerlo, pero luego cada quien debe aplicar su propia vida, dependiendo de cómo es cada quien. En este sentido, el texto de San Gregorio Magno, cargado de ese realismo que tanto le caracterizaba, es paradigmático: la exhortación a la santidad debe hacerse dependiendo de quién se tenga delante; la oración debe hacerse según las propias cualidades o defectos, resonancia espiritual, sensibilidad, etcétera.
Una conclusión lógica de este razonamiento es que la oración no es una camisa de fuerza basada en una metodología, de manera que si no cumplo ciertos pasos, no oro bien. Sí es recomendable que al inicio de mi experiencia en la vida de oración uno se adhiera a una metodología. Pero ésta es como las andaderas para quien está empezando a caminar: poco a poco las va dejando para ser más libre, para correr, para, incluso, ganar los 100 metros lisos en una carrera.
¿Cuál es el mejor método para hacer oración? San Gregorio Magno nos responde: el tuyo. Y, para eso, es indispensable que te conozcas cómo eres, qué te atrae más para meditar, qué te ayuda o no te ayuda, etc. Y de esta manera podrás lanzarte a dialogar con ese Dios que desea hablar contigo de corazón a corazón.

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