lunes, 27 de febrero de 2012

¿Quieres ser feliz? Conviértete

Iniciamos un nuevo tiempo litúrgico, el tiempo de Cuaresma, que nos llevará hasta el Triduo Pascual, la celebración del misterio central de la fe cristiana: la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo. Ayer se proclamó el comienzo del evangelio que leeremos durante los domingos y solemnidades en la Eucaristía: el evangelio según san Marcos, el más antiguo, el primero que fue escrito. Jesús acaba de ser bautizado por Juan en el río Jordán y comienza ahora su misión pública en medio de los hombres y lo hace planteando el lema de su mensaje: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».
Podríamos decir que el Señor tiene como principal objetivo en su tarea el anuncio del Reino de Dios. Esta es la Buena Noticia (traducción de la palabra griega «evangelio») que, por encargo de Dios Padre, Cristo viene a darnos a conocer. Pero, ya desde el principio, el Señor pone dos condiciones para acoger completo el mensaje: convertíos y creed. Conversión y fe, dos acciones que nos llevan a acoger la Buena Noticia, el Evangelio del Reino de Dios. Convertirse para creer, convertirse para tener fe y detectar la cercanía del Reino de Dios.


¿Qué significa «convertirse»? ¿Qué entendemos por conversión? Literalmente es un cambio de mentalidad («metanoia», en griego), pero es algo mucho más profundo y mucho más global. Pablo VI definió la conversión como «un total cambio interior, una transformación profunda de la mente y del corazón». Pero, ¿por qué tenemos que transformarnos así, total y profundamente? Porque con la vida que llevamos no somos capaces de captar la verdadera esencia de la fe, no somos capaces de encontrar al verdadero Cristo ni de dejarnos encontrar por Él, no somos capaces de ser transformadores de la realidad para que el Reino de Dios se haga experiencia posible a nuestro alrededor. Este proceso conlleva sufrimiento, cierto, no podemos engañarnos. Estamos muy acostumbrados a vivir, a pensar, a actuar de una manera determinada y cambiar algo que está tan enraizado en nosotros nos cuesta, lógicamente. Pero, ¿por qué vamos a cambiar? ¿Para ser peores personas? ¿Para ser más infelices? ¿Para hacer de nuestra vida algo insoportable? Por supuesto que no. Nadie emplearía sus energías en algo que le va a suponer un futuro de amargura y tristeza. Cristo nos pide lo contrario. Cambia, déjate ayudar por Cristo a transformarte, para ser más feliz. Sí, para ser más feliz, para ser mejor, para más bueno, para ser santo. ¿Es posible? Sí, lo es. Si deseas ser feliz, Cristo te va a ayudar a serlo. Fíate de Él, confía en Él.
Autor: David Villalón (Párroco rural en Sayago (Zamora), profesor de Sagrada Escritura del Centro Teológico "San Ildefonso" de Zamora y profesor invitado en la Universidad Pontificia de Salamanca.)

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