viernes, 10 de febrero de 2012

Alegría.



Un santo triste, es un triste santo. Por eso nosotros tenemos que vivir alegres.


Y la causa de nuestra alegría es que Dios nos ama, y no permitirá que le seamos arrebatados de sus manos, sino que al final nos dará el Cielo, porque no hay nadie más poderoso que Dios.


Por eso no estemos angustiados de si nos salvaremos, ya que el demonio no puede hacer nada contra Dios, y si somos las ovejas de Dios, nadie nos podrá arrebatar de sus manos.


El pensar en el Cielo que nos espera, es como empezar a vivir ya ese Cielo desde la tierra, sabiendo que todo lo que nos sucede en este tiempo de prueba, que es la vida en este mundo, es para alcanzar una mayor felicidad en el Paraíso.


Entonces, aunque nos sucedan desgracias, las tomaremos todas con una sonrisa, porque sabremos y seremos conscientes que esos males son pasajeros, y que soportados con paciencia y resignación cristiana, y hasta con alegría, nos obtienen un gran peso de gloria para el más allá.


Debemos saber que el demonio trata de hacernos caer en pecado, pero si no lo logra, al menos quiere llevarnos a la turbación y la angustia, porque sabe que así el alma se desanima y abate, se desalienta y entristece, y en la tristeza se hace más fácil caer en pecado, y ya somos presas fáciles del Maligno.


Así que tenemos que luchar contra la tristeza, y una forma de hacerlo es que cuando nos sobrevenga un momento de tristeza, pensemos en el Cielo, y comencemos a cantar canciones a la Virgen y a Jesús, esas que sabemos de la Iglesia, y veremos cómo nuestro corazón recupera la alegría de vivir y así volvemos a tomar ímpetus para seguir adelante en el camino de la vida.


En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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