lunes, 14 de noviembre de 2011

La confianza es una firme esperanza.



Con la concisión que trae el cuño de su genio, así define Santo Tomás la confianza: “Una esperanza fortalecida por sólida convicción”. Palabra profunda que no haremos sino comentar en este capítulo.
Ponderemos atentamente los términos que emplea el Doctor Angélico: La confianza –dice- es una esperanza”. No una esperanza ordinaria, común a todos los fieles. Un calificativo preciso la distingue: es “una esperanza fortalecida”. No obstante, nótese bien: no hay diferencia de naturaleza, sino solamente de grado.
Los albores inciertos de la aurora y el esplendor del sol en el cenit, forman parte del mismo día. Así, la confianza y la esperanza pertenecen a la misma virtud: una no es más que el florecimiento completo de la otra.
La esperanza común se pierde por la desesperación; sin embargo, puede tolerar cierta inquietud. Con todo, cuando alcanza esa perfección que hace cambiar su nombre por el de “confianza”, entonces se le hace más delicada la susceptibilidad. Y no soporta la vacilación, por ligera que se imagine. La menor duda la rebajaría y la haría volver al nivel de la simple esperanza.
El Profeta Real escogía exactamente las expresiones cuando llamaba a la confianza: “una super esperanza” (Sal. 118, 147). Se trata en efecto de una virtud llevada al máximo de intensidad.
Y el Padre Saint-Jure, autor espiritual de los más estimados del siglo XVII, veía justamente en ella una esperanza “extraordinaria y heroica”.
La confianza no es, pues, una flor banal. Crece en las cumbres y sólo la alcanzan los generosos. 
 (De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent) 
Comentario: 
¡Qué necesaria es en estos tiempos la confianza en Dios! Porque el demonio, con sus maldades y accidentes que causa en la naturaleza y en nuestras vidas, quiere llevarnos a la desesperanza, a la desesperación, que son contrarios a la esperanza y a la confianza, que es una esperanza fortalecida.
Por algo las últimas revelaciones que Dios ha dado al mundo son las del Sagrado Corazón de Jesús y de la Divina Misericordia, y en ambas se exige la confianza en Jesús, en Dios, porque será muy necesaria mantener bien cimentada la confianza en estos tiempos en que parecerá que todo está perdido.
Pero debemos tener siempre presente que es Dios quien gobierna el mundo, y que a pesar de todo el mal que se comete, no hay nada que suceda sin que Dios lo quiera. Por eso tenemos que vivir confiados en Dios, sabiendo que no hay fuerza superior a Dios, que es el Señor de todo y de todos.
Siempre tenemos que meditar muy profundamente lo que recitamos en el Credo: “Creo en Dios Padre Todopoderoso”. Es decir, que si creemos en que Dios todo lo puede, no podemos dudar de Él, de su poder y, sobre todo, de su bondad infinita.
Entonces trabajemos por crecer en la confianza, meditando los atributos de Dios, en especial su poder omnipotente y su bondad infinita, y así tendremos paulatinamente también nosotros esa confianza fuerte que tanto estima Dios, y que tanto bien nos hace a nosotros, porque quien confía en Dios lo obtiene todo de Él.

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