martes, 1 de noviembre de 2011

Honremos hoy a los Santos Anónimos




Por Gabriel González del Estal

1.- Una muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, raza y lengua. Ya desde sus orígenes, el día de todos los santos fue una fiesta instituida “para compensar cualquier falta a las fiestas de los santos durante el año”, en palabras del Papa Urbano IV. Veneramos, pues, en este día, a todos los santos que no tienen una fiesta propia en el calendario litúrgico. Fue el Papa Gregorio IV, a mediados del siglo IX, el que señaló el día 1 de noviembre para celebrar esta fiesta en toda la Iglesia católica. Los santos anónimos son multitud; la mayor parte de nosotros hemos tenido la suerte de conocer a varios. Santos anónimos han sido todas aquellas personas que vivieron orientadas y movidas por el amor a Dios y al prójimo. Amaron a Dios y confiaron en Dios, en los momentos buenos y en los momentos malos; los momentos buenos los vivieron como un regalo de Dios y le daban gracias a Dios por ellos y los momentos malos los aceptaron con resignación cristiana, como permitidos por Dios para purificar su alma. Ni en los momentos buenos, ni en los momentos malos, perdieron la calma y la paz interior. Vivieron siempre convencidos de que eran hijos de Dios y de que su Padre Dios no podía querer nada malo para ellos. En todos los momentos mantuvieron viva y activa su fe y su confianza en Dios. También demostraron en todo momento estos santos anónimos su amor al prójimo. Quizá este fue el rasgo por el que más fueron conocidos y admirados. Ejercieron en grado máximo la virtud de la caridad, hasta tal punto que nadie se acercaba a ellos sin ser atendido y ayudado, en la medida de sus posibilidades. Tanto en lo económico, como en lo afectivo y en lo social, estos santos anónimos siempre estuvieron cerca de las personas pobres, enfermas, tristes o marginadas. Honremos hoy, con entusiasmo y admiración a estos santos anónimos. Son una muchedumbre inmensa, como aquellos primeros mártires cristianos de los que habla el libro del Apocalipsis, que lavaron y blanquearon sus vestiduras con la sangre del Cordero.


2.- Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.Según el evangelista San Mateo, a diferencia del evangelista Lucas, cuando Jesús habla de los pobres no se refiere únicamente a los pobres en lo económico, sino a todas las personas que son pobres en el espíritu, es decir, a los humildes, a los que ponen toda su confianza en Dios. Son personas que no ponen su confianza en el dinero, ni en la salud, ni en el éxito social; toda su confianza la tienen puesta en Dios. Pueden sufrir, y llorar, y pasar hambre, y ser perseguidos injustamente; en medio de todos sus sufrimientos ellos mantendrán el corazón limpio, misericordioso, y trabajarán esforzadamente por la paz y la justicia. Todos los que viven así son santos y a todos ellos les promete Dios el reino de los cielos. En esta fiesta de todos los santos es bueno que cada uno de nosotros hagamos el propósito de intentar ser pobres en el espíritu, en el sentido que San Mateo da a esta expresión. Así todos nosotros podremos ser llamados santos.

3.- Aún no se ha manifestado lo que seremos. San Juan cree que ya es un gran privilegio el tener como Padre a Dios, pero en este mundo, mientras vivimos en este cuerpo mortal, a Dios sólo lo vemos como en un espejo. “Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es”. Todos los santos, los canonizados y los santos anónimos, ya ven a Dios tal cual es. Alegrémonos hoy con su felicidad y pidámosles que, cuando nos llegue el momento, también nosotros podamos ver a Dios tal cual es. No tengamos miedo de ser también nosotros, en este mundo y en el otro,santos anónimos.

1 comentario:

NIP dijo...

Buenas tardes Pedro. Muy buenas reflexiones, procuraré no poner tanta confianza en el dinero y las seguridades propias.Un abrazo.