jueves, 6 de octubre de 2011

UN PROGRAMA A LA VISTA

Benjamín Franklin nació en una familia pobre , sólo recibió unos pocos años de escolarización. Llegó a ser editor, científico, inventor, músico y escritor. Su secreto fue el empeño que puso en mejorarse cada día. Se impuso un reto importante para él: “alcanzar la perfección moral” , él mismo lo escribe así: “Concebí entonces, el propósito duro y audaz de llegar a la perfección moral. Quería vivir sin cometer acciones reprobables de ningún tipo; venciendo todo aquel mal al que me llevara la costumbre, la inclinación propia o la compañía”

Si alguno quiere intentar su programa para conseguirlo, aquí tiene las virtudes a practicar:
Templanza. No comer hasta hartarse, no beber hasta disiparse.

Silencio. Sólo hay que hablar cuando sea en provecho de los demás o de uno mismo; hay que evitar la cháchara ociosa.

Orden.Que cada cosa tenga su lugar, y que cada uno de nuestros asuntos tenga su tiempo.

Determinación. Determinémonos a hacer lo que tenemos que hacer, y hagamos lo que tenemos que hacer con determinación.

Austeridad. No hay que gastar si no redunda en bien de los demás o de uno mismo o, dicho de otra manera, no hay que desperdiciar nada.

Laboriosidad. No hay que perder el tiempo, sino emplearlo siempre en algo útil, cortando de raíz con todo lo que no sea necesario.

Sinceridad. No engañemos nunca; pensemos siempre con justicia e inocencia al estimar los actos de los demás y, si hablamos, apliquemos esta medida.

Justicia. No hay que causar perjuicio a nadie por nuestras malas acciones o por incumplir con los trabajos y las obligaciones que constituyen nuestro deber.
Moderación. Evítense los extremos, cuidémonos de demorarnos interiormente en las malas palabras que nos digan o malas acciones que recibamos.

Aseo.No transijamos con la falta de limpieza ni en nuestro cuerpo, ni en nuestra ropa, ni en nuestro lugar de residencia.

Tranquilidad. No hay que perder la calma por fruslerías, ni ante accidentes comunes o inevitables.

Castidad.No utilicemos nuestra capacidad sexual para perturbar nuestra paz o la paz de los demás, ni para entorpecer o debilitar nuestra voluntad; usémosla saludablemente y para engendrar a nuestros hijos.

Humildad. Imitemos a Jesús y a Sócrates.
Respirad tranquilos;por supuesto que Franklin nunca lo consiguió. Como a todo ser humano, le gustaban demasiado algunas cosillas de este mundo . Caer en la cuenta de que no somos perfectos es posiblemente la mejor lección moral que podemos aprender, Aún así , podemos intentarlo.

Franklín acabó escribiendo: “Aunque nunca llegué, ni de muy lejos, a la perfección que había buscado con tanta ambición, pese a ello, sólo el esforzarme ya me hizo ser un hombre mejor y más feliz que si nunca lo hubiera intentado”.
¡Alabado sea Jesucristo!

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