lunes, 31 de octubre de 2011

Todos necesitamos la Misericordia de Dios.


Bienaventurado sea el Señor por su misericordia, al buen hijo lo engrandece y al que ha pecado lo perdona.
No os apartéis de su Palabra, está llena de esperanza. Hijos míos: Pedid al Señor para que su Luz os siga iluminando.
Ofreced hoy a Cristo Jesús vuestras oraciones.
Rogad al Espíritu Santo, porque su fuerza puede más que cualquier otra fuerza. Hijos míos, jamás dejéis endurecer vuestro corazón. Caminad seguros; delante de vosotros camina el Señor. 
Leed: Hebreos C. 3, V. 12 al 15 
     12    Tengan cuidado, hermanos, no sea que alguno de ustedes tenga un corazón tan malo que se aparte del Dios viviente por su incredulidad.
     13    Antes bien, anímense mutuamente cada día mientras dure este hoy, a fin de que nadie se endurezca, seducido por el pecado.
     14    Porque hemos llegado a ser partícipes de Cristo, con tal que mantengamos firmemente hasta el fin nuestra actitud inicial.
     15    Cuando la Escritura dice: "Si hoy escuchan Su Voz, no endurezcan su corazón como en el tiempo de la Rebelión".
Comentario: 
Todos los hombres necesitamos la Misericordia de Dios, tanto el pecador como el justo. El pecador, para volver a Dios, levantarse de su pecado y recuperar la gracia perdida. Y el justo para seguir siendo justo, porque la perseverancia en la gracia de Dios es un don de la divina Misericordia.
No nos salvamos por los méritos propios, sino por pura Misericordia de Dios, ya que ninguno se justifica a sí mismo, sino que es Cristo el que murió por nosotros y es Él quien nos abre las puertas del Cielo.
Dios quiso encerrar a todos en la Misericordia, para que nadie se pueda creer justo y todos adoren y alaben la divina Misericordia del Señor.
La Misericordia de Dios nos precede y acompaña, y si caemos en pecado, nos levanta del barro y nos eleva al trono de la gracia, para volver a ser hijos de Dios, herederos del Reino de los Cielos.
Recordemos que mientras vivimos en este cuerpo mortal estamos en el tiempo de la Misericordia, porque luego viene la muerte y comienza el tiempo de la Justicia inexorable. Entonces aprovechemos este tiempo de vida para acercarnos a Dios, pedirle perdón y dejarnos envolver por su divina Misericordia.

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