viernes, 9 de septiembre de 2011

No tengáis miedo a la cruz. Pensamientos de Juan Pablo II:





Pedid a Dios la gracia de poder llevar vuestra cruz. Nuestra vida está amenazada por múltiples peligros; muchos de nuestros planes fracasan. No son pocos los hombres - incluso en vuestro país- que en ese caso dejan de encontrar sentido a la vida.
La cruz es también el camino. Cristo afirmó: «Si alguno quiere venir en pos de Mí... tome su cruz cada día, y sígame.» La cruz es, pues, el sendero de la vida de cada día. Es, en cierta manera, la compañera de nuestra vida. ¡De cuántas maneras la experiencia de tomar la cruz de cada día se nos presenta a cada uno de nosotros! Se la puede llamar de varios modos y con nombres diversos. Con frecuencia, el hombre se estremece y no quiere pronunciar este nombre: la cruz. Busca otras expresiones, otros apelativos.
No tengáis miedo a la cruz de Cristo. La cruz es el árbol de la vida. Es la fuente de toda alegría y de toda paz. Fue el único modo por el que Jesús alcanzó la resurrección y el triunfo. Es el único modo por el que nosotros participamos en su vida, ahora y para siempre.
Ante la cruz, puede haber dos posibles actitudes, ambas peligrosas. La primera consiste en tratar de ver en la cruz lo que tiene de oprimente y penoso hasta el punto de deleitarse en el dolor y en el sufrimiento como si tuviesen valor en sí mismos. La segunda, es la de quien, tal vez por reacción contra la precedente, rechaza la cruz y sucumbe a la mística del hedonismo o de la gloria, del placer o del poder. Un gran autor espiritual, Fulton J. Sheen, hablaba, a este respecto, de aquellos que se adhieren a una cruz sin Cristo, en oposición a quienes parecen querer un Cristo sin cruz. Ahora bien, el cristianismo sabe que el Redentor del hombre es un Cristo en la cruz y, por tanto, ¡sólo es redentora la cruz con Cristo!
En el centro de vuestra vida actual está la cruz. Muchos huyen de ella. Pero quien pretende escapar de la cruz no encuentra la verdadera alegría. Los jóvenes no pueden ser fuertes ni los adultos permanecer fieles si no han aprendido a aceptar una cruz. A vosotros, queridos enfermos, os ha sido puesta sobre los hombros. Nadie os ha preguntado si la queréis. Enseñadnos a nosotros, los sanos, a aceptar a su debido tiempo y a cargar valientemente con ella, cada cual a su modo. Es siempre una parte de la cruz de Cristo. Lo mismo que Simón de Cirene, también nosotros hemos de cargarla con Él un trecho del camino.

Hay que aprender a medir los problemas del mundo, y sobre todo los problemas del hombre, con el metro de la cruz y de la resurrección de Cristo.

La cruz ha venido a ser para nosotros la cátedra suprema de la verdad de Dios y del hombre. Todos debemos ser alumnos de esta cátedra.

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