jueves, 1 de septiembre de 2011

La confesión es necesaria.

La Iglesia Católica manda confesar y comulgar al menos una vez por año, bajo pena de cometer pecado grave si no lo hacemos.
Y es que la confesión es necesaria para nuestra salvación y para perdonarnos los pecados mortales, porque si no, terminamos siendo como los protestantes, que dicen que se confiesan directamente con Dios.
Pero no es ese el mandato de Jesús, que ha dejado su poder de perdonar pecados a los sacerdotes católicos, que actúan en persona de Cristo y absuelven con el poder de Cristo.
¡Cuántos hoy se acercan a comulgar estando en pecado mortal! Hay que recordar que para comulgar se debe estar en gracia de Dios, porque la Comunión es un sacramento de vivos, y si lo recibe un muerto, comete pecado grave de sacrilegio, ya que el alma en pecado grave o mortal, como lo dice la misma palabra, está muerta.
Si tenemos la desgracia de cometer un pecado grave, entonces tenemos que pedir perdón a Dios y hacer el propósito de ir a confesarnos con el sacerdote cuanto antes, y mientras tanto, hasta que no nos confesemos, no podemos recibir la Eucaristía.
Hoy en muchas partes la confesión está desapareciendo porque muchos sacerdotes creen que ya nada es pecado y no confiesan más o dan absolución colectiva.
Busquemos un buen sacerdote y vayamos a confesarnos con él, y sería bueno también que le tengamos como director espiritual, para que nos dé buenos consejos y nos ilumine en el camino de la vida.
Pero sepamos que todos los sacerdotes tienen el poder de perdonar los pecados, y aunque el sacerdote no sea un ejemplo, igual vale su absolución y nos perdona en nombre de Dios.
Cada vez que nos vamos a confesar recibimos la Misericordia de Dios en abundancia sobre nuestra alma, tanto más abundante cuanto mejor es nuestra disposición de alma.
Hagamos caso a la Santísima Virgen que nos aconseja confesarnos al menos una vez al mes, porque si bien hay solo obligación de confesar los pecados graves, también podemos confesar los pecados leves o imperfecciones, si es que gracias a Dios no cometemos pecados graves.

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