miércoles, 6 de julio de 2011

El cielo lo arregla todo.



Un día San Juan Bosco fue a visitar a Cottolengo. Buscaba un consejo: “¿Qué remedio debo recomendar a las personas aburridas de la vida, desesperadas y llenas de mal genio y de depresión por la pobreza, las enfermedades y problemas de la vida o por el mal trato que les dan los demás? “Mira, Bosco, respondió Cottolengo, el mal del aburrimiento, de la tristeza o de la depresión es el mal moderno más común de todos. Para combatirlo, nos ha mandado Dios un gran remedio siempre antiguo y siempre nuevo: Pensar en el cielo que nos espera. No olvides nunca que un pedacito de cielo lo arregla todo”.


Efectivamente, un pedacito de cielo lo arregla todo. La fe en Dios, el creer que hay otra vida, es de gran ayuda para el ser humano, pero lo es, sobre todo, en momentos de dificultad. 

La fe da felicidad: Dichoso el que confía en el Señor, en su fuerza, en su poder. “Todo es posible para quien cree” (Mc 9,23). La fe en Dios abre caminos, levanta, cura, sana. Esta verdad se la recuerda Gabriel a María: “Nada es imposible para Dios” (Lc 1,37). Con Él todo es posible, “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Flp 4,13).

Dios no abandona al que confía en Él. Podemos repetir con el salmista: “Aunque mi padre y mi madre me abandonen, mi Dios nunca me abandonará” (Sal 27,10).
El día que murió Juan XXIII, murió también invadido por el mismo mal un actor de cine archimillonario. Mientras el Papa santo exclamaba: “Cristo, todo por ti y por la salvación de los pecadores”, y moría rezando fervorosamente el padrenuestro, el otro se pegó un tiro. 

Si la fe ayuda en los momentos amargos, una actitud alegre puede borrar los nubarrones más negros. La alegría, aún en momentos de dolor, es una virtud característica de la vida de muchos santos. 

Jesús decía a Sor Consolata Bertrone, mujer que sufría mucho: “Acostúmbrate a vivir con un semblante como el del que está dispuesto a sonreír”.

San Ignacio enseñaba: “Es propio de Dios y de sus ángeles llenarnos de pensamientos de alegría al hacernos ver que nuestra vida y nuestros sufrimientos no son inútiles”.

De San Romualdo dicen sus biógrafos que tenía siempre un rostro tan alegre que llenaba de alegría a cuantos trataban con él.

San Francisco suspirando exclamó: “Qué poquito es vivir sólo para trabajar, y trabajar sólo para vivir. Con razón hay tanta gente que vive triste. Es que no tiene motivaciones elevadas que inviten a tener más entusiasmo”. 

Para vivir en la tierra alegre y feliz, es preciso tener fe y los ojos muy clavados en el cielo. Ciertamente que un pedacito de cielo lo arregla todo.

1 comentario:

Retazos y puntadas dijo...

Como siempre, encuentro mucho en tu blog. Recordé a mi abuelita que falleció el mismo día que una artista muy conocida. Mi abuela dió la vida por los otros, siempre trabajadora y dedicada a ayudar. La gran artistase dedicó al cultivo de su belleza y de ella misma. Asi son las cosas.