miércoles, 8 de junio de 2011

Cuando Dios te ve, ¿qué ve en ti?

¿Cuál es la verdad sobre ti mismo?

Para Dios todo es perfectamente transparente: tu pasado, tu presente e incluso lo que está por venir. Tus obras, tus omisiones, tus pensamientos, tus intenciones, tu sueños y aspiraciones…. No hay nada oculto para Dios.

La única forma sensata de presentarse ante Dios es ser tal cual eres, con humildad. La humildad es la verdad, la verdad de ti mismo.



Tal como soy, Señor
En el artículo titulado “¿Alguien me escucha? Preguntas que dan vértigo” y en “¿Dios es tratable?” decía que la oración es una relación entre la persona y Dios; por eso, al hacer oración es necesario plantearse en serio la pregunta: ¿quién soy?, ¿quién es el que se presenta ahora ante Dios?, de tal manera que al abrirse la puerta del encuentro estés bien presente a ti mismo, con plena conciencia de quién es el que ahora se encuentra cara a cara con su Creador.

La humildad es la verdad
De la conciencia de la propia identidad en una entrevista personal se siguen las actitudes correspondientes. Hace poco encontré a un mendigo muy enfermo que pedía de comer de puerta en puerta. Se llamaba Luca. Entablé conversación con él y descubrí en toda su persona una actitud profundamente humilde. Era un hombre que se sentía indigno, que no merecía nada, que no podía exigir derechos. Y así se presentaba al tocar las puertas: como un hombre totalmente desprovisto y vulnerable que suplicaba compasión y algo de comer para pasar el día. Lo que le dieran lo recibía con gratitud, cualquier cosa. Lejos de Luca el adoptar una actitud arrogante o exigente.

Al iniciar la oración, ubícate
Pregúntate como si fuera la primera vez: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Cómo me siento? ¿Cuál es mi verdad? Dios, que te está mirando, ya sabe eso sobre ti pero necesita que tú también lo sepas para que el encuentro sea auténtico. Conócete, acéptate y ríndete tal cual eres delante de tu Creador y Padre, tu Redentor y Consolador.

Dile a Jesús cómo te sientes
A mí me ayuda repetírmelo y repetírselo a Jesús y no quedarme en reflexiones religiosas. Y decirle no sólo lo que soy sino cómo me siento, cómo vengo a su presencia. En la presencia de Dios hay que ser muy honestos y presentarse con una confianza absoluta: “vengo a tu presencia arrepentido, suplicándote perdón y misericordia”; “me siento en paz, feliz de saberme tu hijo muy amado”; “aquí estoy, confundido, no te entiendo, no entiendo nada, vengo en busca de luz”; “me queda claro que soy un consentido, muy bendecido por ti, me reconozco indigno de tu amor y profundamente agradecido”; “vine ante ti que sabes la verdad de mi vida, a descansar un poco”; “aquí me tienes, cansado de ser mediocre; nunca como ahora había experimentado el gran amor que me tienes y simplemente quiero decirte gracias, yo también te quiero”; etc.

¿Cómo oraba Jesús?
Cuando Jesucristo hacía oración adoptaba la actitud del Hijo ante su Padre, del Redentor que quiere obtener nuestra salvación. Me gusta mucho la oración de Jesús que recoge el evangelio de San Juan, capítulo 17. Expresiones como éstas revelan su corazón: “Padre, ha llegado la hora. (cf Jn 17,1) Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. (cf Jn 17,4) He manifestado tu nombre a los hombres que tú tomaste del mundo y me diste. (cf Jn 17,6) Te pido por ellos (cf Jn 17,9) Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Yo he sido glorificado en ellos. Ya no estaré más en el mundo, pues voy a ti; pero ellos se quedan en el mundo.” (cf Jn 17,10-11)

Otros modelos de personas ubicadas
Recordemos la actitud de María al recibir el anuncio del Ángel: tenía una profunda conciencia de ser la esclava del Señor. O la idea que tenía María de su condición de madre, y por tanto del poder de su oración, cuando se presentó ante Jesús en las bodas de Caná y le dijo: “No tienen vino” (Jn 2,3) ¿Cuál fue la actitud de Pedro al cruzar la mirada de Jesús después de la traición? (cf Lc 22,61) Y cuando después de la resurrección, el Maestro le preguntó: Pedro ¿me amas? (cf Jn 21, 15-17). La hemorroísa se acercó a tocar el manto de Jesús con fe, sabiéndose radicalmente dependiente del poder curativo de Jesús (cf Mc 5,27). Los dos ciegos suplicaban con humildad: “Ten piedad de nosotros, hijo de David” (Mt 9, 27), y la mujer cananea insistía con confianza inquebrantable en que iba a ser escuchada: “¡Ten piedad de mí!, ¡Señor, socórreme!” (Mt. 15 22,25). El leproso que regresó con Jesús una vez curado rebosaba de gratitud. Sabía que había sido curado sin merecerlo, gratuitamente. (Lc 17,12-19)
Articulo del P. Evaristo Sada LC.

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