lunes, 21 de febrero de 2011

Si confiáramos.



Si confiáramos en la infinita Misericordia de Dios tendríamos todo solucionado, porque quien confía en Dios está seguro en este mundo y sabe que infaliblemente alcanzará el Cielo.
Aunque nuestros pecados sean muy grandes y numerosos; aunque ya estemos con un pie en el Infierno y a punto de morir en el pecado, no dudemos de la Bondad de Dios, porque la Misericordia de Dios es mayor que nuestros pecados y si le pedimos perdón, ella sabe transformar el pecado en gracia, es decir, hace que las miserias que hemos cometido se conviertan en trampolín para acercarnos más a Dios y a la santidad.
Recordemos las negaciones de Pedro, que si bien fueron un pecado muy feo, luego Pedro recapacitó y subió más alto.
Los pecados no hay que cometerlos, pero si tenemos la desgracia de pecar, no nos desesperemos ni los alejemos de Dios, sino todo lo contrario, humillémonos, ya que para eso sirven las caídas, para humillarnos, y volvamos a Dios con una sincera confesión, que todo sirve para ser santos, incluso los pecados, si los arrojamos en el horno de la Misericordia divina.

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