miércoles, 17 de noviembre de 2010

Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo.

EL REY DE LOS JUDÍOS
Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo
21 de noviembre de 2010

Con esta fiesta de Jesucristo Rey del universo llegamos al final de otro año litúrgico. En la celebración de la eucaristía, domingo tras domingo, hemos ido leyendo y proclamando el evangelio según Lucas. Y ese mensaje, conservado y meditado en el corazón, ha ido iluminando y alimentando nuestra vida diaria.
Al comienzo de este evangelio, el ángel anunciaba a María el nacimiento de su Hijo. Después de indicarle el nombre de Jesús que habría de imponerle, añadía el ángel: “Él será grande y será Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33).
A lo largo de su vida, Jesús no ha hecho nada para reivindicar esa dignidad regia que le correspondía. Al contrario, ha declarado una y otra vez que pertenecía al grupo de los pobres. Es más, ha afirmado que el verdadero señorío es el de los que se deciden a manifestarlo en el servicio generoso a los demás.
Ahora, el mismo evangelio presenta a Jesús clavado en una cruz (Lc 23, 35-43). Y por encima de su cabeza hay un letrero escrito en griego, en latín y en hebreo en el que se puede leer la causa de su condena: “Este es el rey de los judíos”. Quienes esperaban verlo sentado en el trono de David, su padre, debieron de sufrir escándalo y decepción.
SALVACIÓN Y SALVADOR

Al comienzo de este evangelio de Lucas, los ángeles habían anunciado el nacimiento de Jesús, diciendo a los pastores: “Hoy en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2,11). En aquel niño la salvación era un don de Dios destinado a toda la humanidad.
A lo largo de su vida, un centurión rogó a Jesús que fuera a salvar a un siervo suyo (Lc 7,3). Al menos cuatro veces pudo decir a los enfermos: “Vete en paz, tu fe te ha salvado” (Lc 7,50; 8,48; 17,19; 18,42). Él mismo diría que con su visita había llegado la salvación a casa de Zaqueo, pues Él había venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19,9).
Ahora, el mismo evangelio presenta a Jesús clavado en una cruz y rodeado por una multitud que se burla de él, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido” (Lc 23,35). Como si salvar su vida fuera la señal de la misión del que vino a salvar a los demás.
BANDERA DISCUTIDA

Al comienzo de este evangelio de Lucas, un anciano había reconocido a Jesús en los atrios del templo y había dicho de él que habría de alzarse como una señal de contradicción, es decir como una bandera discutida (Lc 2,34). Ante él se dividirían las opiniones y las opciones de las gentes, incluidas las más cercanas.
A lo largo de su vida, Jesús ha sido seguido por las multitudes que buscaban en él la luz de su mensaje y también la curación para ellos o para otros. Pero ha encontrado la oposición de los dirigentes del pueblo que rechazaban su doctrina y lo acusaban de hacer portentos en el día santo del sábado en el que estaba prohibido trabajar (Lc 6, 6-11).
Ahora, el mismo evangelio presenta a Jesús clavado en una cruz y flanqueado por dos malhechores. Uno lo insulta y repite el desafío de las autoridades y del pueblo. Si es el Mesías que haga algo por salvarse y salvar a los desgraciados. El otro confía en aquel hombre que da muestras de confiar en Dios. Por eso lo invoca como rey.
- Señor Jesús, te reconocemos como nuestro rey y Salvador, como la señal levantada en alto, que ahora y siempre suscita controversias, rechazos y adhesiones. Acuérdate de nosotros en tu reino de la verdad y de la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, del amor y de la paz. Amen.

José-Román Flecha Andrés
Universidad Pontificia de Salamanca

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