sábado, 6 de noviembre de 2010

Que no nos secuestren el cielo.

Semana XXXII del Tiempo Ordinario
Evangelio: Lucas 20, 27-38
 Actualmente resulta dificial hablar de la muerte porque la sociedad del bienestar tienda a apartar de sí esta realidad, cuyo solo pensamiento le produce angustia. Y me parece una contradicción.
Dice el apóstol San Pablo que el hombre por temor a la muerte, está de por vida sometido al señor de la muerte. Es decir, que el hombre, que quiere apartar de sí el pensamiento de la muerte, que tiene miedo a la misma, que queda desconcertado por ella, es el fabricante de la propia muerte.
En efecto, con frecuencia nuestra vida es imagen de esta mujer infecunda, que por más que intenta matrimoniarse con los ídoles que le son ofrecidos como promesa de felicidad, no lo consigue.Constantemente luchamos por conseguir que nuestro corazón se sienta pleno, vivo, con proyectos de mejorar nuestra casa, nuestro trabajo, nuestra vida familiar, nuestras relaciones humanas, y nos encontramos siempre con una sensación, agriculde, de frustación, de carencias, de que nos falta algo.
Nuestra esterilidad nos lleva a preguntarnos si nuestro futuro va a se proyección del presente; si esto es lo que nos aguarda para el resto de nuestra existencia; si tenemos que conformarnos con esta muerte diaria corriendo por nuestras venas.
Y la verdad es que habiendo sido llamados a ser iconos de la vida del cielo, nos vamos transmitiendo unos a otros esa esterilidad porque vivimos sin morir. Y cuando vivimos sin morir, la muerte es absurdo, inseguridad, miedo, vacio, soledad, destrucción.
Esta es la realidad que nos secuestra el cielo, que nos hace vivir, frustados, desesperanzados. Cuando al hombre se le quieta de su horizonte, de su vida, el cielo, queda desconcertado, no sabe para qué vive, muere.
Y esto ¿por qué pasa? Porque necesitamos participar de la experiencia de la resurrección de Jesús. El hombre postmoderno, necesita tener la certeza de que la tumba de Cristo está vacía. La seguridad de que Él nos va a sacar de nuestros sepulcros.
Nosotros hemos sido bautizados en su muerte pascual, en la virginidad de una vida cuyo único amor era el Padre.
Hemos sido creados para ser imagen  de la resurrección. Se nos ha olvidado a los cristianos que somos ciudadanos del cielo; que nuestro hábitat es el cielo, que nuestra familia está en el cielo, que nuestra esperanza es el cielo. Esto es así. Según Jesús, la fe en la resurrección se funda en la fe en Dios, que no es un Dios de muertos, sino de vivos. Y el que nos acompaña es uno que ha ido al cementerio y ha vuelto; ha abierto el cielo para nosotros cerrado por el pecado y ha subido para enseñarnos el camino por el que llegamos a él.
Y todos estamos llamados al cielo, porque para Él todos viven. Al cielo sólo van los que viven; los que hacen de su muerte una continuación de su vida.
Es domingo, la Iglesia nos invita a actualizar este misterio pascual de Criso, que en su paso de este mundo al Padre, nos enrola en esta marcha y nos resucita de nuestra muerte.
Que el Señor dirija nuestro corazón para que amemos a Dios y tengamos la constancia de Cristo.
Autor: Rafael María de Santiago Sánchez (Párroco de la Sagrada Familia. Córdoba)
Semanario Diocesano de Información y Formación Cristiana - Nº 257 - 7 de Noviembre de 20101.
Iglesia en Córdoba.

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