viernes, 12 de noviembre de 2010

En la soledad.

¡María, Madre querida!, tú que experimentaste la soledad tantas veces, ten compasión de mí que a veces estoy en soledad. Porque tú muchas veces debiste quedarte sola mientras tu divino Hijo evangelizaba, y también te quedaste sola después de la muerte de tu Jesús. Tú entiendes muy bien a los que están solos, y tienes compasión de ellos, de nosotros.
Madre mía, consuela a los que se encuentran solos, y a los que el demonio los quiere llevar al desaliento, a la desesperación y al suicidio. Confórtalos ya que tú estás con tu cuerpo glorioso al lado de cada uno de ellos. Dales señales de tu presencia materna a su lado, para que tomen valor y coraje para seguir viviendo, esta vez más contentos, sabiendo que tú estás junto a ellos para infundirles confianza y darles alegría, como solo una madre sabe hacer con sus hijos.
¡Te amamos, Madre del Cielo, y nos encomendamos a ti, en las buenas y en las malas, en el bullicio y la alegría, como en la soledad y la tristeza!
¡Bendita seas por siempre, Causa de nuestra alegría!

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