viernes, 29 de octubre de 2010

Presencia real.

Si creemos que Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente en la Eucaristía, ¿por qué entonces somos tan tibios en recibir la Comunión?, ¿por qué no preparamos mejor nuestra alma para recibir al Señor que viene?, ¿por qué no vamos más seguido a visitarlo al Sagrario de la iglesia?


Debemos admitir que, o nuestra fe no es completa, o no caemos en la cuenta de estas verdades, porque de lo contrario no se explica cómo es que dejamos tanto tiempo solo al Rey del Cielo y de la tierra, que quiso quedarse bajo las especies de pan y vino, esperando que lo vayamos a visitar para colmarnos de gracias y favores divinos, espirituales y hasta materiales.


Tenemos que saber que una sola Comunión bastaría para santificarnos. Si no nos santifica es porque no la recibimos con las debidas disposiciones y con el amor suficiente.


Es tiempo de avivar nuestra fe en Jesús Sacramentado, porque allí está la fuerza que necesitamos para caminar por este mundo sin desviarnos, allí está el Tesoro por el cual vale la pena darlo todo para obtenerlo.


¡Y no hablemos de las comuniones sacrílegas, que hoy abundan, porque se recibe al Señor en pecado mortal, sin confesarse antes con el sacerdote!


¿Caemos en la cuenta de que el que viene a nosotros en forma de pan es Dios, quien nos juzgará en el momento de nuestra muerte, y quien juzgará a todos los hombres, desde Adán y Eva hasta el último mortal, al fin de los tiempos?

Hagamos el propósito de que al menos lo recibamos mejor al Señor, porque nuestras comuniones a veces dejan mucho que desear, y así estamos desperdiciando grandes oportunidades de crecer en gracia y en amor de Dios.


¿Creemos realmente que la Misa es el mismo Sacrificio del Calvario, que se realiza ante nuestros ojos? Si creemos, entonces esforcémonos por participar de la Misa con más fe y más seriamente, porque durante la Misa estamos en la cima del Gólgota, uniéndonos al sufrimiento de Jesús y María.

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