jueves, 23 de septiembre de 2010

Un corazón, un Señor.


Domingo XXV del Tiempo Ordinario. (Lucas 16, 1-13)


En el Evangelio de este domingo, Jesucristo nos deja claro que el apego a las riquezas resulta incompatible con el servico auténtico de Dios.

Y cuando hablamos de apego, estamos hablando en definitiva, del corazón humano.

En el corazón del hombre, está la clave de su vida, es el centro de los sentimientos, de los deseos, y también de la voluntad.

Pero el corazón está hecho para entregarse a un amor, a un único amor que comprometa la vida. Es así que no puede haber dos señore en nuestra vida, como nos dice Jesucristo en este Evangelio, pues un corazón dividido, termina por asfixiarse. Cuando se habla de riquezas siempre pensamos en el dinero, en tener muchas posesiones... y solemos decir: yo, como soy pobre...sin embargo el Señor cuando habla de riquezas se refiere a todo aquello que nos aparta de su Amor.

Puede ser el orgullo, el afán por ser tenido en cuenta, una amistad que nos hace daño, y un largo etcétera que cada uno conoce de su propia vida.

Por tanto, hagaos examen de conciencia, y busquemos que es lo que ocupa nuestro corazón y deja fuera a Dios.

Y después, acerquémonos al Corazón vivo y palpitante de Jesucristo, y enamorémonos de Él perdidamente, locamente. Si descubrimos cuánto le importa nuestra vida, ya no tendremos corazón para nada de este mundo que no sea Él, por Él y para Él. Esta es la aventura verdadera del cristiano, dejarlo todo por un amor, por el Amor que redime, que salva, por el Amor de Dios encarnado.

Sigamos el consejo de San Juan de Ávila: "Atreveos a perderos por Cristo, que Él os guardará".

Que nuestro corazón encuentre la verdadera riqueza, y el verdadero gozo, en amar de verás a Cristo, sabiendo que todo lo demás, pasará.

Articulo de: Carlos Jesús Gallardo Panadero (Vicerrector del Santuario de San Juan de Ávila, Montilla).

Semanario Diocesano de Información y Formación Cristiana - Nº 250 - 19 de septiembre de 2010.

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