miércoles, 1 de septiembre de 2010

Los frutos de la confianza.


Atrae sobre las almas favores excepcionales

“No perdáis, pues, vuestra confianza dice el Apóstol San Pablo- que tiene una gran recompensa” (Heb 10, 35). Esa virtud, en efecto, da tanta gloria a Dios, que atrae necesariamente sobre las almas favores excepcionales.

El Señor, varias veces, manifestó en las Escrituras la generosa magnificencia con la cual trata a los corazones que confían.

“Ya que ha esperado en Mí, Yo le libraré, Yo le protegeré porque reconoció mi Nombre. Me invocará y Yo le escucharé. Estaré con él en la tribulación; le libertaré y le glorificaré”. (Sal 90, 14-15).

¡Qué promesas pacificadoras en boca de Aquel que castiga toda palabra inútil y condena la más ligera exageración!

Así, pues, y según el testimonio de la propia Verdad, la confianza aparta de nosotros todos los males.

“Porque has hecho del Altísimo tu baluarte, no llegará a ti el mal, ni plaga alguna se acercará a tu tienda. Pues Él ha mandado a sus ángeles que te guarden en todos tus caminos, -ellos te llevarán sobre sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra. Andarás sobre áspides y víboras, hollarás los leones y dragones”. (Sal 90, 9-13).

Entre los males de los que nos preserva la confianza, es necesario citar en primer lugar al pecado. Nada más conforme, por lo demás, a la naturaleza de las cosas. El alma que confía conoce su nada, como el de todas las criaturas; por eso, no cuenta consigo misma ni con los hombres y pone en Dios toda su esperanza. Desconfía de la propia miseria; practica, por tanto, la verdadera humildad.

Ahora bien, como sabemos, “el origen de todo pecado es la soberbia” y “la altivez de espíritu precede a la ruina”. El Señor se aparta del soberbio; lo abandona a su debilidad y lo deja caer. La caída de San Pedro es un terrible ejemplo de ello.

En los designios misericordiosos de su Sabiduría, Dios permitirá tal vez que la prueba asalte durante algún tiempo al alma que confía: nada, sin embargo, la hará temblar; estará inmóvil y firme “como el monte de Sión”. Conservará “la alegría en el fondo del corazón” y a pesar del rugido de la tormenta “dormirá en paz”. Se dejará llevar hasta el final bienaventurado de su peregrinar, pues Dios salva “a los que en Él esperan”.

Estos son, sin embargo, beneficios puramente negativos.

Dios colma de los beneficios de los más positivos al hombre que confía en Él. Con hermosa poesía el Profeta expone esa verdad: Bienaventurado el varón que tiene puesta en el Señor su confianza y cuya esperanza es el Señor. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, el cual extiende hacia la humedad sus raíces, y no temerá cuando venga el estío. Y estarán verdes sus hojas; ni le hará mella la sequía, ni jamás dejará de producir fruto”.

Para resaltar, por impresionante contraste, la paz radiante de ese cuadro, contemplen la suerte lamentable de aquel que cuenta con las criaturas: “¡Maldito sea el hombre que confía en el hombre y se apoya en un brazo de carne, y aparta del Señor su corazón! Porque será como desnudo arbusto en el desierto; cuando viene el bien no lo ve; pues vive en la sequedad del desierto, en una tierra salobre e inhabitable”.
De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

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