lunes, 12 de julio de 2010

Los fundamentos de la confianza.


El sabio construye su casa sobre la roca: ni las inundaciones, ni las lluvias, ni las tempestades la podrán echar por tierra. Para que el edificio de nuestra confianza resista todas las pruebas, es preciso que se levante sobre bases inconmovibles.

“¿Queréis saber –dice San Francisco de Sales- qué fundamento debe tener nuestra confianza? Debe basarse en la infinita bondad de Dios, y en los méritos de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, con condición que, de nuestra parte, tengamos la firme y total resolución de ser enteramente de Dios y de abandonarnos completamente y sin reservas a su Providencia”.

Las razones de la esperanza son demasiado numerosas para que podamos citarlas todas. Examinaremos aquí solamente las que nos son proporcionadas por la Encarnación del Verbo y por la Persona sagrada del Salvador. Además, Cristo es en verdad la piedra angular sobre la cual debe apoyarse principalmente nuestra vida interior.

¡Qué confianza nos inspiraría el misterio de la Encarnación, si nos esforzáramos en estudiarlo de una forma un poco menos superficial!

¿Quién es esa criatura que llora en el Pesebre? ¿Quién es ese adolescente que trabaja en el taller de Nazaret, ese predicador que entusiasma a las multitudes, ese taumaturgo que hace prodigios sin cuenta, esa víctima inocente que muere en la Cruz? Es el Hijo del Altísimo, eterno y Dios como su Padre. Es el Emanuel desde hace mucho esperado; es aquel que el Profeta llama “el Admirable, el Dios fuerte, el Príncipe de la paz”.

Pero Jesús –frecuentemente nos olvidamos de esto- es “nuestra propiedad”. En todo el rigor del término, Él nos pertenece; es nuestro, tenemos sobre Él derechos imprescriptibles, pues Su Padre celestial nos lo dio. Así dice la Escritura: “El Hijo de Dios nos ha sido dado”. Y San Juan, en el Evangelio, dice a su vez: “Tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo”.

Ahora bien, si Cristo nos pertenece, los infinitos méritos de sus trabajos, de sus sufrimientos y de su muerte nos pertenecen también.

Siendo así, ¿cómo podríamos desanimarnos? Entregándonos a Su Hijo, el Padre nos dio la plenitud de todos los bienes. Sepamos explotar plenamente ese precioso tesoro.

Dirijámonos, pues, al cielo, con santa audacia; y en nombre de ese Redentor, que es nuestro, imploremos, sin dudar, las gracias, que deseamos. Pidamos los favores temporales y sobre todo el socorro de la gracia; para nuestra Patria solicitemos paz y prosperidad; para la Iglesia, calma y libertad.

Esa oración será ciertamente atendida. Actuando así, ¿no hacemos un negocio con Dios? A cambio de los bienes deseados, le ofrecemos su propio Hijo unigénito. Y en esa transacción Dios no puede ser engañado: le daremos infinitamente más de lo que de Él recibamos.

Si hacemos, pues, esta oración, con la Fe que mueve montañas, será de tal manera eficaz que obtendrá, incluso, los prodigios más extraordinarios.

De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

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