jueves, 29 de julio de 2010

El poder de Nuestro Señor.


El Verbo Encarnado, que se nos dio, posee un poder sin límites. Aparece en el Evangelio como el supremo Señor de la tierra, de los demonios y de la vida sobrenatural; todo está sometido a su dominio soberano.
En ese poder del Salvador existe aún para nosotros otro motivo segurísimo de confianza. Nada puede impedir a Nuestro Señor el socorrernos y protegernos.
Jesús domina las fuerzas de la naturaleza. –En los comienzos de su ministerio apostólico, asiste a las Bodas de Caná. Durante el banquete, faltó vino. ¡Qué humillación para la pobre gente que había convidado al Maestro con su Madre y los discípulos! La Virgen María se dio cuenta enseguida del contratiempo: Ella es siempre la primera en darse cuenta de nuestras necesidades y en aliviarlas. Dirige al Hijo una mirada de súplica; le murmura en voz baja una corta oración. María conoce su poder y su amor. Y Jesús, que nada sabe rehusarle, transforma el agua en vino. Este fue su primer milagro.
En otra ocasión, una tarde, para evitar la multitud que lo asedia, el Maestro atraviesa en barca con los discípulos el lago de Genezaret. Mientras navegan se levanta un huracán, se desata la tempestad, las grande solas crecen y se deshacen ruidosamente. El agua inunda la toldilla; la embarcación se va a hundir. Él, fatigado de la dura faena, duerme a popa, la divina cabeza apoyada sobre el cordaje. Los discípulos aterrorizados lo despiertan gritando: “¡Señor, Señor, sálvanos que perecemos!” Entonces, el Salvador se levanta; amenaza al viento; dice al mar enfurecido: Silencio, cálmate. Instantáneamente todo se calmó. Los testigos de esa escena se preguntan con asombro: “¿Quién es este hombre que hasta los vientos y el mar le obedecen?”.
Jesús cura a los enfermos. –Muchos ciegos s ele acercan a tientas; claman ante él su infortunio: “¡Hijo de David, ten compasión de nosotros!”. El Maestro les toca los ojos, y ese divino contacto los abre a la luz.
Le traen a un sordomudo, pidiéndole que le imponga las manos. El Salvador atiende a ese deseo, y la lengua de este hombre se desata y sus oídos oyen.
Un día encuentra en el camino a diez leprosos. El leproso es un exiliado de la sociedad humana; lo rechazan de las aglomeraciones; se evita su trato por miedo al contagio; todos se alejan con horror de su podredumbre. Los diez leprosos ni osan acercarse a Nuestro Señor. Se quedan lejos. Pero reuniendo las pocas fuerzas dejadas por la enfermedad, gritan a distancia: “¡Maestro, ten piedad de nosotros!”. Jesús, que debía ser en la Cruz el gran leproso, que debía ser en la Eucaristía el abandonado, se conmueve con esa miseria: “Id y mostraos a los sacerdotes”, les dice. Y mientras los desdichados caminan para ejecutar las órdenes del Maestro, son curados.
Jesús resucita a los muertos. – Son tres los que Él hace volver a la vida. Y , también, por el más maravilloso de los prodigios, después de morir en las ignominias del Gólgota, después de haber sido depositado en el sepulcro, Él se resucita a sí mismo al alba del tercer día. Así nos resucitará a nosotros en el fin de los tiempos. Nuestros seres queridos, a quienes perdimos, Él nos los restituirá transformados, pero siempre semejantes a lo que fueron, en su gloria. Enjugará nuestras lágrimas por toda la eternidad. Entonces, no habrá más llanto, ni luto, porque habrá terminado la era de nuestra miseria.
Jesús domina el Infierno. – Durante los tres años de su vida pública, a veces se encuentra, con posesos. Habla a los demonios con una autoridad soberana; les da órdenes imperiosas y los demonios huyen a su voz confesando su divinidad.
Jesús es el Señor de la vida sobrenatural. – Resucita almas muertas y les restituye la gracia perdida. Y para probar que tiene, realmente, ese poder divino, cura a un paralítico.
“¿Qué es más fácil? – pregunta a los escribas que le cercan- ¿qué es más fácil, decir al paralítico: tus pecados te son perdonados, o decirle levántate, toma tu camilla y anda? Pues, para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad para perdonar los pecados sobre la tierra yo te lo digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.
Sería bueno meditar detenidamente sobre el poder del Salvador. Cuando se trata de poner ese poder al servicio de su amor por nosotros, el Maestro nunca duda.

De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

1 comentario:

Raul dijo...

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