miércoles, 9 de junio de 2010

La gracia puede santificarnos en un instante.


¡Abismo de la debilidad humana, tiranía de los malos hábitos! Cuántos cristianos reciben en el tribunal de la Penitencia la absolución de sus faltas: es sincera en ellos la contrición; enérgicas son sus resoluciones. Y caen de nuevo en los mismos pecados, a veces muy graves; el número de sus caídas crece sin cesar. ¿No tendrán, entonces, sobradas razones para desanimarse?

Que la evidencia de la propia miseria nos mantenga en la humildad, nada más justo; que nos haga perder la confianza, sería una catástrofe, más peligrosa que tantas recaídas.

El alma que cae debe levantarse lo antes posible. No debe cesar de implorar la piedad del Señor. ¿No sabes que Dios tiene su hora y puede en un instante elevarnos a la más sublime santidad?

¿Acaso no había llevado María Magdalena una vida culpable? La gracia, sin embargo, la transformó instantáneamente. Sin transición, de pecadora se transformó en una gran santa. Ahora bien, el brazo de Dios no se ha encogido. Lo que hizo por otros lo puede hacer por ustedes. No duden: la oración confiante y perseverante obtendrá la curación completa de vuestras almas.

No me objeten que el tiempo pasa y que tal vez ya a toca al término vuestras vidas. ¿No esperó Nuestro Señor la agonía del buen ladrón para atraerlo victoriosamente a Sí? En un solo minuto ese hombre tan culpable se convirtió. Su Fe y su amor fueron tan grandes que, a pesar de sus crímenes, no pasó por el Purgatorio; ocupa para siempre un lugar muy elevado en los Cielos.

¡Que nada les altere la confianza! Desde lo más profundo del abismo, clamen sin tregua al Cielo. Dios acabará respondiendo a vuestro llamado y llevará a cabo Su obra en ustedes.
De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

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