jueves, 10 de junio de 2010

Dios no quiere la muerte del pecador sino que se arrepienta del mal y viva.





Muerte del pecador
Sobreviniendo la aflicción, buscarán la paz y no la habrá; turbación sobre turbación vendrá.
Ez. 7, 25-26
PUNTO 1
Rechazan los pecadores la memoria y el pensamiento de la muerte, y procuran hallar la paz (aunque jamás la obtienen) viviendo en pecado. Mas cuando se ven cerca de la eternidad y con las angustias de la muerte, no les es dado huir del tormento de la mala conciencia, ni hallar la paz que buscan, porque ¿cómo ha de hallarla un alma llena de culpas, que como víboras la muerden? ¿De qué paz podrán gozar pensando que en breve van a comparecer ante Cristo Juez, cuya ley y amistad han despreciado? Turbación sobre turbación vendrá (Ez. 7, 26).
El anuncio de la muerte ya recibido, la idea de que ha de abandonar para siempre todas las cosas de este mundo, el remordimiento de la conciencia, el tiempo perdido, el tiempo que falta, el rigor del juicio de Dios, la infeliz eternidad que espera al pecador, todo esto forma tempestades horribles, que abruman y confunden el espíritu y aumentan la desconfianza. Y así, confuso y desesperado, pasará el moribundo a la otra vida.
Abrahán, confiando en la palabra divina, esperó en Dios contra toda humana esperanza, y adquirió por ello mérito insigne (Ro. 4, 18). Mas los pecadores, por desdicha suya, desmerecen y yerran cuando esperan, no solo contra toda racional esperanza, sino contra la fe, puesto que desprecian las amenazas que Dios dirige a los obstinados. Temen la mala muerte, pero no temen llevar mala vida.
Y, además, ¿quién les asegura que no morirán de repente, como heridos por un rayo? Y aunque tuvieren en ese trance tiempo de convertirse, ¿quién les asegura de que verdaderamente se convertirán?. ..
Doce años tuvo que combatir San Agustín para vencer sus inclinaciones malas... Pues ¿cómo un moribundo que ha tenido casi siempre manchada la conciencia podrá fácilmente hacer una verdadera conversión, en medio de los dolores, de los vahídos de cabeza y de la confusión de la muerte?
Digo verdadera conversión, porque no bastará entonces decir y prometer con los labios, sino que será preciso que palabras y promesas salgan del corazón. ¡Oh Dios, qué confusión y espanto no serán los del pobre enfermo que haya descuidado su conciencia cuando se vea abrumado de culpas, del temor del juicio, del infierno y de la eternidad! ¡Cuán confuso y angustiado le pondrán tales pensamientos cuando se halle desmayado, sin luz en la mente y combatido por el dolor de la muerte ya próxima! Se confesará, prometerá, gemirá, pedirá a Dios perdón..., mas sin saber lo que hace. Y, en medio de esa tormenta de agitación, remordimiento, afanes y temores, pasará a la otra vida (Jb. 34, 20).
Bien dice un autor que las súplicas, llanto y promesas del pecador moribundo son como los de quien estuviere asaltado por un enemigo que le hubiere puesto un puñal al pecho para arrebatarle la vida. ¡Desdichado del que sin estar en gracia de Dios pasa del lecho a la eternidad!
AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Oh llagas de Jesús! Vosotras sois mi esperanza. Desesperaría yo del perdón de mis culpas y de alcanzar mi eterna salvación si no os mirase como fuente de gracia y de misericordia, por medio de la cual Dios derramó toda su Sangre para lavar mi alma de tantos pecados como he cometido. Yo os adoro, pues, ¡oh sacrosantas llagas!, y en vosotras confío. Mil veces detesto y maldigo aquellos indignos placeres con que ofendí a mi Redentor y miserablemente perdí su amistad. Mas al contemplaros renace mi esperanza, y se encaminan a vosotras todos mis afectos.
¡Oh amantísimo Jesús!, merecéis que los hombres todos os amen con todo su corazón; y aunque yo tanto os he ofendido y despreciado vuestro amor, Vos me habéis sufrido y piadosamente invitado a que busque perdón.
¡Ah Salvador mío, no permitáis que vuelva a ofenderos y que me condene! ¡Qué tormento sufriría yo en el infierno al ver vuestra Sangre y los actos de misericordia que por mí hicisteis!
Os amo, Señor, y quiero amaros siempre. Dadme la perseverancia; desasid mi corazón de todo amor que no sea el vuestro, e infundid en mi alma firme deseo y verdadera resolución de amar desde ahora sólo a Vos, mi Sumo Bien...
¡Oh María, Madre amorosa, guiadme hacia Dios, y haced que yo sea suyo por completo antes que muera!

PUNTO 2
No una sola, sino muchas, serán las angustias del pobre pecador moribundo. Atormentado será por los demonios, porque estos horrendos enemigos despliegan en este trance toda su fuerza para perder el alma que está a punto de salir de esta vida. Conocen que les queda poco tiempo para arrebatarla, y que si entonces la pierden, jamás será suya.
No habrá allí uno solo, sino innumerables demonios, que rodearán al moribundo para perderle (Is. 13, 21). Dirá uno: “Nada temas, que sanarás”. Otro exclamará: “Tú, que en tantos años no has querido oír la voz de Dios, ¿esperas que ahora tenga piedad de ti?” “¿Cómo –preguntará otro– podrás resarcir los daños que hiciste, devolver la fama que robaste?” Otro, por último, te dirá: “¿No ves que tus confesiones fueron todas nulas, sin dolor, sin propósitos? ¿Cómo es posible que ahora las renueves?”.
Por otra parte, se verá al moribundo rodeado de sus culpas. Estos pecados, como otros tantos verdugos –dice San Bernardo–, le tendrán asido, y le dirán: “Obra tuya somos, y no te dejaremos. Te acompañaremos a la otra vida, y contigo nos presentaremos al Eterno Juez”.
Quisiera entonces el que va a morir librarse de tales enemigos y convertirse a Dios de todo corazón. Pero el espíritu estará lleno de tinieblas y el corazón endurecido. El corazón duro mal se hallará a lo último; y quien ama el peligro, en él perece (Ecl. 3, 27).
Afirma San Bernardo que el corazón obstinado en el mal durante la vida se esforzará en salir del estado de condenación, pero no llegará a librarse de él; y oprimido por su propia maldad, en el mismo estado acabará la vida. Habiendo amado el pecado, amaba también el peligro de la condenación. Por eso permitirá justamente el Señor que perezca en ese peligro, con el cual quiso vivir hasta la muerte.
San Agustín dice que quien no abandona el pecado antes que el pecado le abandone a él, difícilmente podrá en la hora de la muerte detestarle como es debido, pues todo lo que hiciere entonces, a la fuerza lo hará.
¡Cuán infeliz el pecador obstinado que resiste a la voz divina! El ingrato, en vez de rendirse y enternecerse por el llamamiento de Dios, se endurece más, como el yunque por los golpes del martillo (Jb. 41, 15). Y en justo castigo de ello, así seguirá en la hora de morir, a las puertas de la eternidad. El corazón duro mal se hallará al fin.
Por amor a las criaturas –dice el Señor–, los pecadores me volvieron la espalda. En la muerte recurrirán a Dios y Dios les dirá: “¿Ahora recurrís a Mí? Pedid auxilio a las criaturas, ya que ellas han sido vuestros dioses” (Jer. 2, 28).
Esto dirá el Señor, pues aunque acudan a Él, no será con afecto de verdadera conversión. Decía San Jerónimo que él tenía por cierto, según la experiencia se lo manifestaba, que no alcanzaría buen fin el que hasta el fin hubiera tenido mala vida.

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