martes, 18 de mayo de 2010

Rezar por las necesidades temporales.


La confianza, como acabamos de describirla, no nos desobliga de la oración. En las necesidades temporales no basta esperar los socorros de Dios, es menester además pedírselos.
Jesucristo nos dejó en el Padrenuestro el modelo perfecto de la oración; ahí Él nos hace pedir el “pan de cada día”: “El pan nuestro de cada día dánosle hoy”.
Con respecto al deber de la oración ¿no habrá frecuentemente negligencia nuestra? ¡Qué imprudencia y qué locura! Nos privamos así, por liviandad, de la protección de Dios, la única soberanamente eficaz. Los capuchinos, dice la leyenda, nunca murieron de hambre, porque recitan siempre piadosamente el Padrenuestro. Imitémoslos y el Altísimo no dejará que nos falte lo necesario.
Pidamos, pues, el pan cotidiano. Es una obligación que nos impone la fe y la caridad para con nosotros mismos. ¿Podremos, no obstante, elevar nuestras pretensiones y pedir también la riqueza?
Nada se opone a eso, siempre que esa oración se inspire en motivos sobrenaturales y quedemos sumisos a la voluntad de Dios. El Señor no prohíbe la expresión de nuestros deseos; por el contrario, quiere que actuemos filialmente con relación a Él. No esperemos, sin embargo, que Él se doblegue a nuestras fantasías; su Bondad a ello se opone. Dios sabe lo que nos conviene. Sólo nos concederá los bienes de la tierra si pueden servir para nuestra santificación.
Abandonémonos completamente a los designios de la Providencia y recitemos la oración del Sabio: “No me des ni pobreza ni riquezas, dame solamente lo necesario para vivir. No sea que, viéndome sobrado, me vea tentado a renegar y diga: ¿Quién es el Señor? O bien que, acosado de la necesidad, me ponga a robar y a perjurar el nombre de Dios”.

De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

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