sábado, 1 de mayo de 2010

Regla de Oro.


Regla de oro.
La regla de oro de la vida cristiana es: “No hacer a los demás lo que no quisiéramos que nos hagan a nosotros; y hacer a los demás lo que quisiéramos que los hombres hagan por nosotros”. Aquí se resume todo el Evangelio, toda la vida cristiana.


Porque el amor al prójimo consiste en esta regla. Si somos misericordiosos, obtendremos misericordia. Si rezamos por las almas que están detenidas en el Purgatorio, a su tiempo, cuando nos toque el turno a nosotros y estemos en ese lugar de tormento, los hombres tendrán misericordia de nosotros, como nosotros la tuvimos con otros.

¡Es tan fácil alcanzar el Cielo! Basta que seamos buenos, que seamos misericordiosos y que no juzguemos a nadie, porque si procedemos así ya estamos salvados, ya que el Señor ha prometido que con la misma vara que midamos, seremos medidos por Dios; y entonces, si somos indulgentes con nuestros prójimos, incluso con los verdaderamente culpables, entonces Dios también será indulgente con nosotros en el juicio.

Tenemos que ser astutos, con la buena astucia de la bondad, porque Dios nos ha dado muchos recursos para alcanzar el Cielo, para alcanzar una gloria deslumbrante en el Paraíso. No seamos tan tontos de caer en las redes que nos tiende el diablo para que seamos malos y nos condenemos.

No juzguemos a nadie, no condenemos a ninguno, perdonemos a todos y todo. ¿Que dirán que somos tontos? ¡Qué importa! Lo que importa es que procediendo así alcanzaremos el Cielo, donde seremos eternamente felices.

En cambio quien odia, quien guarda rencor y tiene deseos de venganza, nunca tendrá paz, ni siquiera aquí en la tierra, y luego le espera el Infierno.

Pensemos que Dios ve nuestro corazón, nuestros pensamientos, y andemos en verdad delante de Él, porque lo que podemos ocultar a los hombres, no lo podemos ocultar a Dios. Por eso es tiempo de pedirle perdón al Señor y comenzar una nueva vida con su ayuda, con su gracia, sabiendo que el premio es maravilloso, como también el castigo es horroroso.

Tengamos un corazón de carne, compasivo y misericordioso, bueno con todos y pronto a socorrer las miserias y dolores de nuestros hermanos. Porque Dios ama un corazón así, ya que es un corazón semejante al Suyo, y Dios ama a los hombres de buen corazón.

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