miércoles, 26 de mayo de 2010

La Misericordia de Nuestro Señor con los pecadores.


La Providencia, que alimenta al pequeño pájaro en las ramas, cuida de nuestro cuerpo. ¿Qué es, sin embargo, este miserable cuerpo? Una criatura frágil, un condenado a muerte al que aguardan los gusanos. En la loca carrera de la vida, creemos encaminarnos hacia los negocios o los placeres: cada paso dado nos aproxima del fin; nosotros mismos arrastramos nuestro cadáver al borde de la tumba.
Si Dios se ocupa así de cuerpos perecederos, ¿con qué solicitud no velará por las almas inmortales? Les prepara tesoros de gracias, cuya riqueza supera nuestra imaginación; les envía socorros superabundantes para su santificación y salvación.
Esos medios de santificación, que la Fe pone a nuestra disposición, no serán estudiados aquí.
Simplemente quiero dirigirme a las almas inquietas, que se encuentran con tanta frecuencia. Les mostraré, con el Evangelio en la mano, la inconsistencia de sus temores. Ni la gravedad de sus faltas, ni la multiplicidad de sus recaídas, ni sus tentaciones las deben abatir. Muy por el contrario, cuanto más sientan el peso de la propia miseria, tanto más deben apoyarse en Dios. ¡No pierdan la confianza! Sea cual fuere el horror de su estado, aunque hayan llevado durante mucho tiempo una vida desarreglada, con el socorro de la gracia podrán convertirse y elevarse a una alta perfección.
La misericordia de Nuestro Señor es infinita: nada la cansa, ni siquiera las faltas que nos parecen a nosotros las más degradantes y criminales. Durante su vida mortal, el Maestro acogía a los pecadores con una bondad verdaderamente divina; nunca les rehusó el perdón.

Llevada por el ardor de su arrepentimiento, sin preocuparse con las convenciones humanas, María Magdalena entra en la sala del banquete. Se postra a los pies de Jesús, los inunda de lágrimas. Simón, el fariseo, contempla esa escena con aire irónico: íntimamente se indigna. “Si este hombre fuese profeta –piensa- bien sabría lo que vale esa mujer. La expulsaría con desprecio...” Pero el Salvador no la rechaza. Le acepta los suspiros, el llanto, todas las señales sensibles de la humilde contrición. La purifica de sus pecados y la colma de dones sobrenaturales. Y el Corazón Sagrado desborda de una alegría inmensa, mientras que en lo alto, en el Reino de su Padre, los ángeles se rejubilan y lo alaban; un alma estaba perdida y hela aquí recuperada; esa alma estaba muerta y hela de nuevo restituida a la verdadera vida.
El Maestro no se contenta en recibir con mansedumbre a los pobres pecadores; llega hasta el punto de asumir su defensa. Y ¿no es ésa, pues, su misión? ¿Él no se constituyó “nuestro abogado”?
Trajeron un día a su presencia a una desgraciada, sorprendida en flagrante acto de su pecado. La dura Ley de Moisés la condena formalmente; la culpable debe morir en el lento suplicio de la lapidación. Los escribas y fariseos, sin embargo, esperan impacientes la sentencia del Salvador. Si perdona, los enemigos le censurarán por despreciar las tradiciones de Israel. ¿Qué hará?
Una sola palabra saldrá de sus labios; y esta palabra bastará para confundir a los orgullosos fariseos y salvar a la pecadora: “El que de vosotros esté sin pecado, arrójele la primera piedra”.
Respuesta llena de sabiduría y misericordia. Oyéndola, esos hombres arrogantes enrojecen de vergüenza. Se retiran confusos, unos después de otros; los viejos son los primeros en huir.

“Y Jesús quedó solo con la mujer”
Jesús le pregunta: “¿Dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado? Ella responde: “Ninguno. Señor”. Y Jesús prosigue: “¡Pues Yo tampoco te condeno! ¡Vete y desde ahora no peques más”.
Cuando no vienen a Él los pecadores, Jesús se lanza a su encuentro. Como el padre del pródigo, espera la vuelta del ingrato. Como el buen pastor, busca la oveja perdida; y, cuando la encuentra, la carga sobre los hombros divinos y la restituye ensangrentada al redil.
¡Oh! Él no le irritará aún más las heridas; las tratará como el buen samaritano, con el vino y el óleo simbólicos. Derramará sobre sus llagas el bálsamo de la penitencia; y, para fortificarla, le hará beber de su cáliz eucarístico.
Almas culpables, no tengan miedo del Salvador; fue especialmente para ustedes que Él descendió a la tierra. No repitan el grito de desesperación de Caín: “Mi maldad es tan grande, que no puedo yo esperar perdón”.
¡Eso sería desconocer el Corazón de Jesús!
Jesús purificó a la Magdalena y perdonó la triple negación de Pedro; abrió el Cielo al buen ladrón. En verdad, les aseguro: si Judas hubiese ido a Él después del crimen, Nuestro Señor lo habría acogido con misericordia.
¿Cómo, pues, no les perdonará también?

De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

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