miércoles, 7 de abril de 2010

La confianza en Dios y nuestras necesidades temporales.



Mensaje de confianza
CAPÍTULO III

Dios provee nuestras necesidades temporales
La confianza, ya lo hemos dicho, es una esperanza heroica: no difiere de la esperanza común a todos los fieles sino por el grado de perfección. Es ejercida pues, sobre los mismos objetos que aquella virtud, pero por medio de actos más intensos y vibrantes.
Así como la esperanza ordinaria, la confianza espera del Padre celestial todos los socorros necesarios para vivir santamente aquí en la tierra y merecer la bienaventuranza del Paraíso.
En primer lugar espera los bienes temporales, en la medida en que éstos nos pueden conducir al fin último.
Nada más lógico: no podemos conquistar el Cielo a la manera de los puros espíritus; somos compuestos de cuerpo y alma. Este cuerpo que el Creador formó con sus manos adorables es el compañero de nuestra existencia terrenal; y también lo será de nuestra suerte eterna, después de la resurrección de los muertos. No podemos prescindir de su asistencia en la lucha por la conquista de la bienaventuranza.
Ahora bien, para sostenerse, para cumplir plenamente sus tareas, el cuerpo tiene muchas exigencias. Esas exigencias es necesario que la Providencia las satisfaga; y Ella lo hace magníficamente.
Dios se encarga de proveer nuestras necesidades temporales; y cuida de ellas generosamente. Nos sigue con su mirada vigilante y no nos deja en la indigencia. En medio de las dificultades materiales, aunque sean angustiantes, no debemos perturbarnos. Con una tranquila seguridad, esperemos de las manos divinas lo que nos es necesario para el sostenimiento de la vida.
“Yo os digo –declara el Salvador- no os acongojéis por el cuidado de hallar qué comer para sustentar vuestra vida, o de dónde sacaréis vestidos para cubrir vuestro cuerpo. Qué ¿no vale más la vida o el alma que el alimento, y el cuerpo que el vestido?
Mirad cómo las aves del cielo, no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?
¿Quién de vosotros con sus preocupaciones puede añadir a su estatura un solo codo?
Y, del vestido, ¿por qué preocuparos? , aprended de los lirios del campo cómo crecen: no se fatigan ni hilan. Pues Yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si la hierba del campo, que hoy es y mañana es arrojada al fuego, Dios así la viste, ¡no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe!
Así que no os preocupéis diciendo: ¿Qué comeremos? ¿qué beberemos? o ¿qué vestiremos? Los gentiles se afanan por todo eso, pero bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso tenéis necesidad.
Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas las cosas se os darán por añadidura” (Mt 6, 25-26, 28-33).
No basta recorrer con los ojos estas palabras de Nuestro Señor. Es necesario que nos detengamos largamente para buscar su significación profunda y dejarse embeber por su doctrina.

De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

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