jueves, 11 de marzo de 2010

Mensaje de confianza.

"Nadie es tan rico que no necesite una sonrisa.
Nadie es tan pobre que no pueda darla".

Solamente cuenta con Dios
Firmeza inquebrantable es, pues, la primera característica de la confianza.
La segunda cualidad de esta virtud es aún más perfecta. “Lleva al hombre a no contar con el auxilio de las criaturas; ya se trate de auxilio sacado de sí mismo, de su espíritu, de su criterio, de su ciencia, de sus aptitudes, de sus mismas riquezas, de su reputación, de sus amigos, de sus parientes o cualquiera otra cosa suya; ya se trate de socorros que acaso pueda esperar de otros, de los Reyes, de los Príncipes y de todas las criaturas en general, porque siente y conoce la debilidad y vanidad de todo amparo humano. Los considera lo que realmente son, y cómo Santa Teresa tenía razón de llamarlos ramas secas de ginebra que se rompen al ser cargadas”.
Pero esta teoría, dirán, ¿no procederá de un falso misticismo? ¿No conducirá al fatalismo o, por lo menos, a una peligrosa pasividad? ¿Para qué multiplicar esfuerzos en el intento de vencer dificultades, si todos los apoyos tienen que romperse en nuestras manos? ¡Crucémonos de brazos, esperando la divina intervención!
No, Dios no quiere que nos adormezcamos en la inercia; Él exige que le imitemos. Su perfectísima actividad no tiene límite: Él es el Acto Puro.
Debemos, pues, actuar; pero sólo de Él debemos esperar la eficacia de nuestra acción: “Ayúdate, que el cielo te ayudará.”
He aquí la economía del plan providencial.
¡Preparémonos para la lucha! Trabajemos con ahínco, pero con espíritu y corazón vueltos hacia lo alto. “Vano es que os levantéis antes del día”, dice la Escritura, si el Señor no os ayuda, nada conseguiréis.
En efecto, nuestra impotencia es radical: “Sin Mí, nada podéis”, dice el Salvador.
En el orden sobrenatural, esa impotencia es absoluta. Escuchemos, más bien, la enseñanza de los teólogos.
Sin la gracia, el hombre no puede resistir a todas las tentaciones, a veces tan violentas, que lo asaltan.
Sin la gracia, el hombre no puede observar, por mucho tiempo y en su totalidad, los Mandamientos de Dios.
Sin la gracia, no podemos tener un buen pensamiento, hacer incluso la más corta oración; sin ella ni siquiera podemos invocar con piedad el nombre de Jesús.
Todo lo que hacemos en el orden sobrenatural nos viene únicamente de Dios. En el orden natural incluso, es también Dios quien nos da la victoria.
San Pedro había trabajado la noche entera; era resistente en la faena; conocía a fondo los secretos de su tan rudo oficio. No obstante, en vano había recorrido las olas mansas del lago. ¡No había pescado nada! Sin embargo, recibe al Maestro en la barca; lanza la red en nombre del Salvador; consigue enseguida una pesca milagrosa y las mallas de la red se rompen, tal es el número de peces.
Siguiendo el ejemplo del Apóstol, lancemos la red, con paciencia incansable; pero sólo de Nuestro Señor esperemos la pesca milagrosa.
“En todo lo que hiciereis –decía San Ignacio de Loyola- he aquí la regla de las reglas a seguir: confiad en Dios, actuando, no obstante, como si el éxito de cada acción dependiese enteramente de voz y nada de Dios, pero, empleando así todos vuestros esfuerzos para ese buen resultado, no contéis con ellos, y proceded como si todo fuese hecho sólo por Dios y nada por vos

De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

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