lunes, 22 de marzo de 2010

Jesús sigue sufriendo.


Esta es una gran verdad que hay que tener bien presente a nuestro corazón, porque Jesús, si bien está perfectamente feliz en el Cielo y ya no sufre corporalmente, sí sufre espiritual y moralmente por los pecados de los hombres.

Esto nos debe llevar a buscar por todos los medios de consolar el Corazón de Jesús, en primer lugar con nuestro buen obrar, sin cometer pecados para no aumentar el dolor al Señor; y en segundo lugar buscando que los demás hombres no cometan pecados, y esto se logra con la oración, el buen consejo, la predicación y la mortificación para impetrar la misericordia de Dios.

Muchos católicos -y tal vez nosotros estamos entre su número- parecen muy fieles cumplidores de los mandamientos, pero su corazón hacia el Señor está muy frío e indiferente, y creen que Cristo ya no sufre más. Esto no es así, y el mismo Señor ha revelado su sufrimiento a muchos santos, entre ellos a Santa Margarita María de Alacoque, diciéndole que el sufrimiento le viene especialmente de las almas consagradas, sacerdotes y religiosos.

Es tiempo de consolar al Señor, porque Él está muy triste por el destino que le espera a este mundo, ya que los pecados que se acumulan unos sobre otros, en un momento pueden causar un desmoronamiento que precipitará a la humanidad en el fondo del abismo. Y el demonio sabe esto y por eso trata de perder al mayor número de almas y de extender el pecado por todas partes, porque sabe que el aumento del pecado atraerá los castigos sobre el mundo.

Estamos a tiempo todavía. Consolemos y amemos al Señor, que Él, por un poco de amor que le ofrecemos, bendice a gran número de almas, y con lo poco que le podemos dar de amor y alegría, Él derrama sus gracias sobre este pobre mundo tan necesitado de ellas.

Jesús, en el Evangelio, dice que serán bienaventurados los misericordiosos porque obtendrán misericordia. ¿Y qué mejor que ser misericordiosos con el mismo Dios? Porque compadecernos del dolor de Dios es un acto de gran misericordia, y el Señor no se dejará vencer en este punto, sino que nos colmará con su misericordia, ya sea en esta vida o, lo que es más importante, en el momento de nuestra muerte.

Cuando escuchamos que en alguna aparición de Jesús o de María las imágenes derraman lágrimas, incluso de sangre, no pensemos que esto es solo un signo y nada más, pensemos que esta es la verdadera realidad, porque Jesús y María siguen sufriendo por los hombres. Por eso tenemos que poner todo nuestro empeño en consolarlos y amarlos por todos los que no los aman, los desprecian y los odian.

Hagamos así y daremos contento a Dios y a su Madre, y seremos felices en este mundo y en el venidero.

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