jueves, 18 de febrero de 2010

Verdades olvidadas(La confesión).



Verdades olvidadas
La Confesión.
Cuando tenemos la desgracia de cometer un pecado mortal, un pecado grave, debemos ir a confesarnos cuanto antes con un sacerdote católico para recuperar la gracia santificante, es decir, para que Dios vuelva a habitar en nuestra alma y nos salvemos si nos sorprende la muerte.
También hay que confesarse para recibir la Santa Comunión, porque si estamos en pecado grave y vamos a comulgar, cometemos un horrible pecado llamado sacrilegio.
Por eso es necesaria la Confesión cuando perdimos la gracia de Dios.
La Virgen, en sus apariciones, ha pedido que, aunque no se cometan pecados graves, igual nos confesemos al menos una vez al mes, porque en la Confesión no solo se perdonan los pecados actuales, sino que este sacramento va sanando las heridas que el pecado fue dejando en nosotros. Sucede aquí como con el baño, que no esperamos a estar cubiertos de barro para bañarnos, y nos bañamos y lavamos frecuentemente. Así también tenemos que hacer con la confesión: no esperar a cometer un pecado grave para confesarnos, sino ir cada tres o cuatro semanas al confesionario.
Este es el Sacramento de la Misericordia divina, a través del cual Jesús derrama su infinita Misericordia, nos rocía con su sangre redentora, nos perdona los pecados y nos da fuerzas contra los enemigos del alma.
Hay obligación de confesarse y comulgar al menos una vez al año, de lo contrario se comete pecado grave. Es que Jesús ha dicho que quien no come su cuerpo y bebe su sangre no tiene vida eterna, por eso la Iglesia manda que se confiese y comulgue al menos una vez por año.
Si tenemos la desgracia de estar en pecado grave o mortal, no nos acerquemos a comulgar, sino hagamos la Comunión Espiritual, que agrada mucho a Dios porque es un acto de humildad, y no cometamos jamás el sacrilegio de recibir al Señor en la Eucaristía si estamos en este estado.
Una fórmula breve y sencilla de hacer la Comunión Espiritual es rezando lo siguiente: “Creo Jesús mío que estás presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amo y te adoro profundamente y deseo recibirte en mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven a lo menos espiritualmente a mi pobre corazón. Y como si ya te hubiese recibido, me abrazo y me uno del todo a Ti. No permitas que jamás me separe de Ti”.
Y cuando estemos enfermos de alguna gravedad, no descuidemos de llamar al sacerdote y confesarnos, para que la muerte no nos sorprenda en pecado, y estemos así preparados para partir hacia la eternidad, si Dios así lo dispone.
Avisemos también a nuestros parientes que si nos enfermamos gravemente o tenemos un accidente y no podemos valernos por nosotros mismos para llamar al sacerdote, que ellos sean los que se comprometan a llamarlo para que tengamos su asistencia en esos momentos.
No dejemos la confesión para el último momento, porque al borde de la muerte la mente está confusa y se hace más difícil confesarse. Además no sabemos si tendremos la oportunidad y los medios de hacerlo.
Recordemos una sabia frase que debemos marcar a fuego en nuestras almas, y es la que dice: “Pecador no te acuestes nunca en pecado, no sea que despiertes ya condenado”. No nos vayamos a dormir nunca en pecado mortal. Esto se logra si, habiendo cometido el pecado grave o mortal, pedimos a Dios sinceramente perdón por amor a Él y por haberle ofendido, con el firme propósito de confesarnos al día siguiente o cuanto antes se pueda. De esa forma ya recuperaremos la gracia hasta que nos confesemos. Pero igual para recibir la Comunión Eucarística hay que haber confesado todos los pecados mortales.

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