miércoles, 23 de diciembre de 2009

Mensaje de confianza.


La desconfianza, sean cuales fueren sus causas, nos trae perjuicios, privándonos de grandes bienes.

Cuando San Pedro, saltando de la barca, se lanzó al encuentro del Salvador, caminó con firmeza sobre las olas. El viento soplaba con violencia. Las olas ya se levantaban en torbellinos furiosos y socavaban en el mar abismos profundos. La vorágine se abría delante del Apóstol. Pedro tembló; dudó un segundo. Y así comenzó a hundirse... “Hombre de poca Fe, le dijo Jesús, ¿por qué ha dudado?”.

He ahí nuestra historia. En los momentos de fervor nos quedamos tranquilos y recogidos junto al Maestro. Viene la tempestad, el peligro absorbe nuestra atención. Desviamos entonces la mirada de Nuestro Señor para fijarla ansiosamente sobre nuestros sufrimientos y peligros. Dudamos... y luego nos hundimos.

Nos asalta la tentación. El deber nos parece fastidioso, su austeridad nos repugna, su peso nos oprime. Imaginaciones perturbadoras nos persiguen. La tormenta ruge en nuestra inteligencia, en la sensibilidad, en la carne... Y nos trastornamos; caemos en pecado, caemos en el desánimo, más pernicioso aún que la propia falta. Almas sin confianza, ¿por qué dudamos?

La prueba nos asalta de mil maneras: ya los negocios temporales peligran, el futuro material nos inquieta; ya la maldad nos ataca en la reputación, la muerte rompe los lazos de los afectos más legítimos y más tiernos... Entonces, nos olvidamos del cuidado paternal que la Providencia tiene con nosotros. Murmuramos, nos rebelamos, y de este modo aumentamos las dificultades y lo amargo de nuestro infortunio.

De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent

No hay comentarios: