sábado, 26 de diciembre de 2009

Bendito sea Dios que no abandona al necesitado.


Quien cierra el corazón al prójimo, cierra el corazón a Dios. Y un ejemplo bien claro de esto lo tenemos en la noche en que María y José buscaban alojamiento en Belén. Todos les cerraron las puertas por uno u otro motivo. Así rechazaron a Dios, rechazando al prójimo necesitado. ¿Qué hubiera pasado si el albergue de Belén se hubiera abierto para esta pareja? No podemos saberlo, pero nos imaginamos que la gracia y bendición del Cielo habría descendido sobre el corazón del posadero y la historia sería distinta. El albergue y la caridad del posadero hubieran pasado a la historia y, lo que es más valioso, ese hecho estaría escrito con letras de oro en los libros eternos.

Pero ¡atención!, que eso que sucedió hace dos mil años nos puede estar sucediendo a nosotros en este mismo momento o dentro de un rato, porque Jesús está realmente presente en todos nuestros prójimos, especialmente en los más desamparados y pobres, y cerrarle la puerta a uno que nos pide ayuda, es cerrarle las puertas al mismo Dios. Recordemos que muchos sin saberlo dieron alojamiento a ángeles, como dice el Apóstol. Entonces si bien en estos tiempos la caridad se enfría en muchos debido a que el mal se extiende cada vez más en el mundo, y esto está profetizado; nosotros no nos dejemos engañar por las apariencias del que llama a nuestra puerta pidiendo ayuda. Pensemos que Dios es el que nos mira y el que nos premiará la buena obra como hecha a Él mismo.

Pensemos que los habitantes de Belén vieron en María y José a unos pobres galileos, es decir, a gente de una zona despreciada de Israel, y nosotros podemos ver otro tanto a los pobres harapientos que se acercan a nosotros. Miremos con los ojos de la fe, con los ojos de Dios, y dejemos que José, María y Jesús hoy encuentren amparo en nuestros corazones, siendo caritativos con los necesitados.

No hay comentarios: