jueves, 15 de octubre de 2009

MI CARNE ES VERDADERA COMIDA.




Ven espiritu Santo iluminanos en la lectura de la Palabra para que de fruto abundante en nuestra vida...en el nombre de Jesus. JN. 6, 52-58: MI CARNE ES VERDADERA COMIDA ¿Cómo puede este darnos a comer su carne? (v. 52). Fue la interrogante de los que escuchaban a Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. Jesús no se detiene ni en el cómo ni en la respuesta que ellos esperan. Va más allá, a los efectos de la comida: vida eterna y comunión con ÉL y con el Padre. Asegura que si no se comen su carne ni se beben su sangre, no hay vida en ellos, en cambio, quien lo hace, es decir, quien come su carne y bebe su sangre, tiene vida eterna; su carne es verdadera comida, su sangre es verdadera bebida; más aún, “el que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él” (v. 56). El lenguaje es duro pero real, Jesús habla de comer su carne y beber su sangre. No vale la interpretación materialista ni antropofágica, ni el simbolismo protestante, sino la realidad sacramental, que nos deja el propio Jesús, en su despedida del jueves santo
Si en un comienzo Jesús en su discurso une la vida eterna a la fe, creer en el Aquel enviado del Padre, en esta segunda parte, la vincula con la comunión con su cuerpo y sangre, verdadera comida, verdadera bebida. Se necesita fe para la vida nueva de hijos de Dios, fe para vivir la eucaristía, fe para recibir el cuerpo y sangre de Cristo, como fuente de vida eterna para quien comulga. Sin fe no hay vida ni sacramento ni comunión con Jesucristo, de ahí que al comulgar decimos “Amén” cuando se nos presenta a Jesús sacramentado: “Este es el Cuerpo de Cristo”. La fe precede al sacramento y éste la expresa y alimenta. La comunión significa nuestro vivir en Cristo, pero fundamentalmente su vivir en nosotros con la misma dimensión con que ÉL habita en su Padre. Comunión eucarística que me abre a la comunión trinitaria, vida intratrinitaria de amor y conocimiento, alianza de Dios con el hombre, por medio del cuerpo y la sangre de Cristo.

El hablar de la carne, mejor dicho, de su carne y de su sangre en labios de Jesús denota la importancia del misterio de la Encarnación y del misterio pascual, ambas realidades unidas están asociadas a la Eucaristía, cuyo origen unión Jesús a su muerte en la cruz, en la víspera, como alianza nueva y eterna.El sentido y valor de sacrificio y kerigma que posee la Eucaristía van muy unidos a la hora de proclamar la muerte y resurrección de Jesús y la espera en su pronta venida. La visión beatífica comienza en el alma del cristiano desde que comienza a amar a Dios y cumplir su palabra concientemente. Sacramentalmente, desde el Bautismo. Viene al alma ha habitar el Padre y el Hijo, también después de cada comunión eucarística, hecha con fe, pan que da vida eterna en el aquí y ahora. ¡Qué de bienes trae consigo cada visita del Señor! Es lo que enseña Juan de la Cruz, desde su experiencia eucarística y contemplativa.

Oh Señor dame hambre y sed de ti Dios mio, tu eres mi alimento Eterno Pan de Vida te adoro en todos los Sagrarios del mundo.¿Como no recibirte si eres la Vida de mi vida? ¡Oh Señor!¡te doy gracias por quedarte con nosotros, gracias Señor! Recemos como el angel de fatima enseño alos niños, en la tercera aparición, el ángel traía un cáliz en la mano, y sobre él una hostia de la que caían, dentro del cáliz, algunas gotas de sangre. se postró en tierra, dejando el cáliz y la hostia suspendidos en el aire, y repitió tres veces la siguiente oración: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te adoro profundamente y te ofrezco el preciosísimo cuerpo y sangre, alma y divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que el mismo es ofendido. y por los infinitos méritos de su Santísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, te pido la conversión de los pobres pecadores”.

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