sábado, 8 de agosto de 2009

Carta de Mónica a una Madre cristiana.



Carta de Mónica a una madre cristiana
¿Sufres porque tu hijo, al que educaste en la fe cristiana, ha dejado de practicarla?


Carta de Mónica a una madre cristianaQuerida amiga: Sufres porque tu hijo, al que educaste en la fe cristiana, ha dejado de practicarla y se ha apartado de Dios. Además, como ya no es un niño, no hace caso de tus advertencias. Incluso se enfada cuando te atreves a decirle que no está bien lo que hace.Como sabes, a mí me pasó lo mismo con mi hijo Agustín. Por eso te comprendo muy bien y puedo darte algún consejo. Ese es el motivo de mi carta.No voy a decirte nada que no sepas. Al contrario, lo que quiero recordarte lo sabes muy bien, porque el Señor ha insistido en ello una y otra vez, y todos los santos le han hecho eco: ¡la oración es omnipotente!Es lo que yo hice: rezar, pedir, insistir, ofrecer por la salvación de mi hijo oraciones y sacrificios. Dios me hizo esperar, porque lo que vale cuesta. Pero ya conoces el final. Agustín dejó por fin la mala vida que llevaba, se convirtió y fue un gran santo.¡Tu hijo también puede serlo!Mira, tal vez pienses que tú eres la única persona interesada en que tu hijo cambie. En eso te equivocas. ¿Recuerdas la parábola del Buen Pastor? Deja las 99 ovejas en el redil y se va a buscar la que se había perdido. Jesús no se queda “esperando” a que tu hijo vuelva a la fe. Jesús está mucho más interesado que tú en la salvación de su alma –murió en la Cruz por él-, y no lo deja ni un instante. Aunque no lo veas, hace lo imposible para que regrese. Y su Madre, que es también Madre de tu hijo, está empeñada en recibirlo de nuevo en sus brazos.A ti te piden que sigas rezando con fe.No te olvides de que puedes convertir en oración todo lo que haces. Tu trabajo e incluso tu descanso, ofrecidos a Dios por amor, son oración.Además, a lo largo del día, tendrás, como todo el mundo, tus pequeñas contrariedades. Ofrécelas a Dios y se convertirán en oración.Haz también algún sacrificio voluntario por tu hijo. No me refiero a cosas raras, sino a pequeñas mortificaciones que nadie ve, pero que tienen mucho valor ante Dios. Puedo ponerte algún ejemplo que ahora me viene a la cabeza: no comer entre horas, ser amable con los demás y sonreír cuando estés cansada, privarte de comprar alguna cosa que te gusta, pero que no es necesaria. En fin, a ti se te ocurrirán otras muchas.¡Y confía! Hay unas palabras del Señor, que encontrarás en el Evangelio de San Marcos, que te pueden llenar de confianza: «Por tanto os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo recibisteis y se os concederá». ¿Qué más te puede decir para que confíes en Él? Por último, no te impacientes. Querrías que tu hijo cambiase ya, hoy mismo. Pero Dios tiene sus tiempos y sus caminos. Un día volverá a la casa del Padre. Y tú lo verás. Tal vez sea en esa vida, que dura unos años, o en la que yo estoy, que es para toda la eternidad, pero lo verás, y tu alegría será inmensa.Ah, y si te parece (o alguien te dice) que la situación de tu hijo “ya no tiene remedio”, no hagas caso. Hay un pobre desgraciado que también está empeñado en desanimarte: el diablo. Pero recuerda que es el «padre de la mentira». ¡Nada es imposible para Dios! Puedes estar segura de que también yo me siento muy unida a ti y que pido a Dios por tu hijo.Con todo cariño, te envía un beso desde el Cielo tu hermana:Mónica

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